viernes, 17 de julio de 2015

Parte 2: "Siete minutos eternos".

Parte 2: "Siete minutos eternos", Ovni, la gran alborada humana.







Enrique Castillo Rincón, la historia verídica, de un hombre contactado.
1963. Costa Rica.









El intento por ubicar un comienzo, trasportó mis recuerdos a ese hermoso país centroamericano, Costa Rica, del cual guardo imborrables sentimientos de gratitud.

En el año de 1963, ocupando un empleo en el departamento de mantenimiento de comunicaciones del ICE (Instituto Costarricense de Electricidad), me correspondió estar en los trabajos de adaptación e instalación de las redes de comunicación que unirían el país con el mundo entero, durante la visita del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

El presidente norteamericano, en misión de buena voluntad, intervendría en la reunión cumbre de los jefes de estado centroamericanos, para tratar asuntos relacionados con el futuro económico político de la región.

Por aquella misma época, mi vida se envolvía normalmente, combinando el ejercicio de mí profesión con las prácticas del mormonismo (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Dias), religión a la cual me había adherido algunos años atrás.

Lo hice como una forma de búsqueda para encontrar ese yo perdido, del cual todos, en algún momento sentimos, pero no podemos explicar.

Satisfecho y contento de haber logrado cierto equilibrio, a través de los ejercicios impuestos por mis obligaciones en la Iglesia, aprendí a desenvolverme satisfactoriamente entre las más encontradas tendencias, logrando darle paz y armonía a mi existencia.

Las labores previas a la conferencia avanzaron con rapidez, la sede de la misma hervía por el calor de las múltiples actividades.

Los agentes de seguridad adscritos al F.B.I. y destinados a la exclusiva protección de mandatario norteamericano, vigilaron celosamente a cuanta persona participaba en los preparativos.

Enterándome, por su conducto, que la mayoría de los presidentes de ese país norteño, para fortuna nuestra, habían empleado mormones algunas veces entre sus colaboradores más próximos.

Tal como estaba previsto, concluimos nuestro trabajo la víspera de la llegada de Kennedy, y por tres días más, Costa Rica fue el centro de la atención internacional.

A pesar de ser pocas las personas realmente enteradas de los verdaderos objetivos de la cumbre, el pueblo desbordó su curiosidad, intentando apreciar de cerca los detalles de la misma; además, muchas cosas sucedieron aquel día.

Entre ellas, un leve temblor de tierra, producido justo algunas horas después de la llegada de los presidentes, que pasó desapercibido para la mayoría de los alegres habitantes de la capital.

Debió haber sido una voz de la naturaleza, intentando llamar la atención hacia algo a ocurrir en un futuro no muy lejano, y que sucedió en forma repentina.

Semanas después de haber culminado la conferencia, Costa Rica se estremeció violentamente, creándose a su alrededor caos y confusión.

No fue un temblor más. 

A lo lejos, uno de los volcanes más importantes del país, el Irazú, levantó una abundante columna de ceniza, brotada de sus entrañas, para cubrir la claridad del día, y con ella, sumir a Costa Rica en la desesperación.

La economía regional por excelencia, con cultivos de café y banano, sufrió el castigo de candentes gases sulfurosos, que impregnaron plantaciones enteras, de una gruesa capa de polvo volcánico.

A consecuencia de esto, el comercio se resintió, originándose una aguda escasez de productos de primera necesidad.

El gobierno, seriamente preocupado, adoptó medidas destinadas a frenar los graves peligros encerrados en esas erupciones, y nombró comisiones especiales para investigar la evolución de la lava.

Fueron llamados reconocidos vulcanólogos y técnicos expertos en la prevención de catástrofes naturales, que con rápido vistazo, y sin perder tiempo, diagnosticaron “embarazo prematuro”, pues de acuerdo a los últimos cálculos efectuados al cráter, éste había crecido un metro sobre los niveles normales.

La mejor recomendación entregada por estos científicos fue la de evacuar cuanto antes los habitantes de las faldas del volcán.

Ellos sabían que, mientras tanto el Irazú no arrojara su masa ígnea, incluso San José corría peligro.

Entre las numerosas formulas propuestas para aliviar la presión de sus entrañas; dos hicieron carrera en los labios de los costarricenses.

La primera consistió en probar explosiones internas con TNT, y la segunda, un poco más osada, cubrir el cráter con una amplia carpa de lona, para evitar las columnas de ceniza, surgidas todas las mañanas.

Los vientos, que en su trayecto la llevaban hasta la capital, tardaban dos horas alfombrando las calles de un molesto manto de varios centímetros de espesor.

Los caminantes protegían sus rostros con bolsas plásticas, temiendo contraer alguna epidemia común en ésta clase de desastres.

Como cualquier maldición, las consecuencias no se hicieron esperar.

Las escuelas cerraron sus puertas, y la actividad laboral disminuyó ostensiblemente.

En la medida de sus posibilidades, la Guardia Civil ideó un plan de emergencia.

Se montaría un puesto de vigilancia en las cercanías del cráter, reclutando miembros de la policía para informar, minuto a minuto, el movimiento de la lava, por si se llegaba a desbordar el cráter.

La caseta estaría equipada con un sistema de telecomunicaciones, conectada a una central, donde se coordinaría la evacuación, en caso de ser necesaria, porque se disponía de 2 a 3 horas para ello.

Una vez aprobado el plan, nuestro departamento en el ICE, recibió el encargo de levantar la red de comunicaciones.

Nos dispusimos a cumplir el trabajo, y según lo ordenado, planificamos convenientemente el intinerario, escogiendo un domingo para realizar los cálculos y las mediciones del caso.

Aquel día, junto con dos ingenieros, a los cuales acompañé en calidad de ayudante, nos dirigimos, cada uno en su jeep, y por una magnifica carretera, al lugar fijado con anterioridad.

Debimos ascender a los 3,432 metros sobre el nivel de mar, para llegar hasta la boca del volcán.

Al hacerlo, vimos mucha gente. Entre ellos turistas impresionados y curiosos, en busca de aventuras.

Éstas personas había burlando la autoridad de la policía, y lograron acercarse demasiado al cráter, poniendo en peligro sus vidas.

Días antes, un hombre había sido golpeado y muerto con un guijarro, arrojado con violencia, desde las profundidades del precipicio.

Era difícil detenerlos.

Ubicamos nuestros jeeps a un costado del camino, esperando algunos minutos, mientras los curiosos y los miembros de la policía abandonan el lugar, para así poder iniciar las investigaciones.

Una corriente fría y cortante heló nuestros rostros.

El panorama estaba despejado y sin nubes. El sol aún no se ocultaba, y sus rayos molestaban nuestros ojos.

A esa altura, el cansancio fue apoderándose de nuestros cuerpos, y realizando un último esfuerzo, medimos y fotografiamos el terreno con sumo cuidado.

Posteriormente, y luego de una corta reflexión, elegimos el lugar en donde se construiría la caseta de vigilancia.

Caminar por el volcán era desesperante.

A pesar de estar debidamente protegidos, con unos trajes de asbesto muy livianos, y diseñados para contrarrestar las inclemencias volcánicas, a cada paso emergía vapor caliente del suelo.

Estábamos frente a uno de los cráteres más grandes del mundo, y sin embargo, no era motivo de orgullo.

Decidimos regresar a San José lo más pronto posible.

Una última inspección, y nuestro jefe se separo un buen trecho de nosotros.

El volcán no cesaba de crujir.

Mi compañero miro el reloj, 5:45 de la tarde.

Me quité los guantes, y procedí a deshacerme del traje de asbesto.

No había comenzado, cuando el ingeniero más próximo, con un fuerte grito, llamó mi atención, sobre algo en el horizonte.

-¡Mire Castillo, ese avión anaranjado!-

Observé detenidamente el objeto, que estaba siendo seguido de cerca por otro aparato muy similar, y navegó silenciosamente hasta aproximarse al volcán.

Nuestras primeras conjeturas se dirigieron a confundirlos con los aviones escolta de la comitiva de Kennedy, pero al intentar identificarlos con más precisión, fracasamos.

Además, nos sorprendió bastante su forma de volar, a ras de los riscos, por cierto, no muy frecuente en los aviones militares y comerciales de la época.

Faltando trece minutos para las seis de la tarde, se detuvieron a trescientos metros sobre el cráter.

Uno de los objetos, se dirigió al otro lado del volcán, a la parte trasera de la comuna de cenizas.

Mientras tanto, el objeto frente a nosotros, se descolgó súbitamente unos metros en línea recta, hacia abajo, frenando en seco su caída vertical, para comenzar a mecerse como las hojas, al desprenderse de las ramas del árbol.

El otro aparato, recién hubo cruzado la zona de ceniza, y realizó la misma maniobra, hasta desaparecer de nuestra vista, al otro lado del volcán, justo a los ojos de nuestro tercer acompañante, retirado unos metros de nosotros.

Ambos objetos, según recuerdo, tiempo después formaron un remolino, como si alguna hélice estuviera girando a gran velocidad.

El más cercano a nosotros se estacionó a tres metros del suelo, a unos sesenta metros de distancia; de unos 45 metros de diámetro por 12 de altura, su forma era lenticular, mostrando unos ojos de buey alrededor.

Llevaba una cúpula verdosa bien proporcionada en relación al cuerpo color plomo, y no vimos costura alguna sobre su limpia superficie.

Al acercarse desde el horizonte, daban la impresión de ser anaranjados o rojizos, pero al detenerse, perdieron su coloración.

En ese momento, lejos de experimentar miedo, con la voluntad completamente anulada, nos sentimos, primero, clavados al suelo, y luego, parados sobre un hormiguero.

Pues una fuerte piquita cubrió nuestros cuerpos, impidiendo intentar una retirada, por demás prudente.

Solo pudimos contemplar tranquilos, tan imponente espectáculo, unos segundos, porque a continuación, un agudo silbido hirió nuestros tímpanos, produciéndonos un dolor casi insoportable.

Se abrió entonces una compuerta sobre la cúpula, parecida a un martillo, que giraba rápidamente, emitiendo una luz violeta, diferente a la luz azul, filtrada por entre las ventanillas.

El “periscopio” se elevo un metro, y luego se detuvo.

Creímos estar siendo observados o tal vez fotografiados, pero fueron apenas sensaciones.

En tanto giraba el martillo, y a pesar del dolor de oídos, escuchamos un tono musical en frecuencia baja, bastante rítmico.

Concientes de todo a nuestro alrededor, con los sentidos más alertas que nunca, perplejos, y sin poder movernos, comenzamos a temer un desenlace fatal.

No tardó mucho una respuesta a nuestras inquietudes, porque en los minutos siguientes, otro molesto sonido rasgó la distancia, penetrando nuestros órganos auditivos, y anunciándonos el fin de la función.

Avisados por el cierre de una compuerta, el “periscopio” desapareció.

En una fracción de segundos el aparato ascendió unos metros, como si hubiese caído hacia arriba.

Y rápido, inclino un poco su cuerpo, y se impulsó hacia el infinito, a una velocidad fantástica.

La escolta le siguió en silencio, dejando a su paso una estela multicolor, de gran variedad de tonalidades.

Primero un blanco-blanco, luego anaranjado, continuando su metamorfosis a un rojizo, luego a un azul intenso, y desaparecen transformados en violeta.

La velocidad imprimada por los aparatos varió notablemente sus formas, asemejando huevos alargados.

No volvimos a verlos más.

El viento, fiel y mudo testigo del avistamiento, comenzó a soplar con violencia inusitada, forzando nuestras mentes a reaccionar.

Instintivamente me sacudí de ese letargo nocivo al sentir un dolor agudo en mi hombro.

Me agaché, y al levantarme de nuevo, giré mi cabeza para observar a mi compañero, que con su mano oprimía vigorosamente mi hombro.

Lo soltó, dejándome unos segundos solo, sin pronunciar una palabra.

El ingeniero jefe, por su parte, se acerco rápido, imprimiendo fuerza a su andar.

En su cara se dibujaba el desconcierto, y sobre todo cólera, como nunca la había visto en él.

No pude negar o afirmar esa observación, pero, por bien de todos, dejé transcurrir unos momentos, hasta tanto los ánimos no estuvieran de nuevo en su lugar.

Cuando retornó la calma, intentamos explicar los detalles del avistamiento.

Bastante frecuente en nuestros trabajos fue fácil relacionar, con un fuerte campo eléctrico, presumiblemente generado por los aparatos, el molesto hormigueo en todo nuestro cuerpo, acompañado de la pérdida total del movimiento de las extremidades, superiores e inferiores.

Pero no fue posible asignarle una naturaleza a esos objetos voladores, diferentes a cualquier ingenio hecho por el hombre y conocido por nosotros.

Con un sencillo cálculo, pudimos saber la duración del suceso: 7 minutos, tiempo suficiente para concederle un espacio en nuestras atribuladas memorias, y la imposibilidad de olvidar el asunto.

La siguiente inquietud estuvo relacionada con la conveniencia de contar la experiencia al público en general.

Concientes de lo impactante que seria, para las mentes tradicionales comprender un hecho ajeno a la realidad misma de la vida, decidimos no intentar convencer a nadie, limitándonos a guardarlo como un secreto entre nosotros.

Era mas difícil explicar, que guardar.

Nos inclinamos por esto último, y con la consecuente promesa de silencio, cancelamos el incidente.

Desafortunadamente las circunstancias nos harían cambiar de parecer.

Ya entrada la noche, con las oscuras sombras sobre el volcán, recogimos los equipos de medición para iniciar el regreso a San José.

A pocos minutos de haber comenzado, un extraño malestar se apodero de nuestros cuerpos, acarreando mareos y deseos de vomitar, obligando a todos a permanecer inmóviles, hasta que desaparecía.

Temiendo haber recibido una fuerte dosis de radiación, proveniente de los aparatos, dirigimos nuestros jeeps, con gran rapidez, al puesto de salud más cercano, ubicado en Cartago, ciudad a 45 minutos del Irazú.

En el camino, debimos detenernos varias veces, presas de mortificantes deseos de evacuar nuestros estómagos, aunque siempre con resultados negativos.

Éstas falsas alarmas, como si el ritmo de nuestros organismos se hubiera modificado temporalmente, produjeron verdaderas oleadas de miedo, acompañadas de lánguidos pensamientos de muerte.

En el puesto de salud de Cartago, convencimos al médico para que examinara y diagnosticara nuestros cuerpos, basándose en un posible envenenamiento originado por la inhalación de gases volcánicos.

Sin embargo, no formuló medicamento alguno, pero con sospechosa curiosidad, por nuestro alto grado de excitación, decidió enviarnos a un examen mas completo en el Hospital San Juan de Dios de San José.

Ya en el centro hospitalario de la capital, gracias a la oportuna intervención de los médicos de turno, nos examinaron los ojos y la lengua, obligándonos a beber un polvillo blanco, vertido en un vaso con agua, despidiéndonos un poco después, con la seguridad de no haber encontrado huellas de males en nuestros cuerpos.

Esto nos tranquilizó mucho.

Dándonos un bien ganado respiro, en aquel agitado día.

Siendo los jeeps propiedad del ICE, fuimos a devolverlos a un lugar llamado Colima, muy cerca de San José, y todavía mas próximo al pueblo donde yo vivía, San Juan de Tibas.

La despedida con los ingenieros pasó casi inadvertida, cada uno envuelto en sus propios pensamientos, dando la espalda a los otros, para perderse en el intrincado complejo de las preguntas sin respuestas.

Llegué tarde a mi casa.

No me sentía cansado, sólo quería pensar.

Se lo conté todo a mi esposa Beatriz, pero no creyó una sola palabra.

Aquella noche medité como nunca antes lo había hecho, impotente ante la avalancha de preguntas planteadas por mi curiosidad, relacionadas con la vida, con mis creencias religiosas, y con los pocos conocimientos científicos en mi haber.

Me prometí encontrar una respuesta lógica, que explicara con propiedad esos extraños aparatos, aparecidos ante mis ojos, y que luego se fueron sin dejar rastro, distinto a nuestros molestos malestares físicos.

Creo, eso me pasó, en el Irazú, en esos… ¡Siete minutos eternos!





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Parte 3: "EMPIEZA EL ASEDIO".

Parte 3: "EMPIEZA EL ASEDIO", Ovni, la Gran Alborada Humana.








Enrique Castillo Rincón, la historia verídica, de un hombre contactado.

1963. Costa Rica.






Al día siguiente, finalizadas mis labores, sin pensarlo dos veces, corrí a la librería “Universal” de San José, con la intención de adquirir algún volumen que despejara mis dudas sobre el avistamiento en el volcán Irazú. 

El vendedor, un poco confundido, sin poder aconsejarme, recogió de un viejo estante un empolvado libro, cuyo titulo parecía llenar los requisitos exigidos por mi naciente interés.

Aquel libro, “El caso de los Ovnis”, de Morris K. Jessups, fue mi primer contacto informativo con el mundo de los platillos voladores.

De éste y muchos otros, comprobé que mi experiencia estaba lejos de ser única, pero también me sirvió para conocer el concepto dividido de los científicos, en cuanto a la autenticidad del fenómeno. 

Para algunos, no era sino la normal confusión de bien explicadas manifestaciones de la naturaleza o de artefactos pertenecientes a la recién comenzada carrera espacial de las potencias. 

Para otros, significaba el triunfo de la magia sobre los equivocados planteamientos de una ciencia, vacilante e imperfecta.

A decir verdad, ninguna de las explicaciones satisfizo en su totalidad mis interrogantes, pero debí contentarme con ellas, ante la escasa información en nuestro limitado medio costarricense. 

En cuanto a mis investigaciones, siempre se realizaron a nivel de pasatiempo, pues carecía de facilidades para enfrentarlas
con más seriedad. 

Éste pasatiempo incluyó la confección de muy bien dotados álbumes, plenos de noticias, recortes y fotos, extraídos de periódicos y revistas, algunas obsequiadas por el vendedor de la librería.

Por otro lado, a causa de mi nueva y accidental relación con los “platillos voladores”, no pude evitar ser arrastrado por el ya incontrolado deseo de contar mi experiencia. 

Habiendo prometido silencio, consulté a mis compañeros de aventura, los cuales, en un acto de consideración, accedieron al dejarme en libertad para narrarla, siempre y cuando omitiera sus nombres.

Pienso que fue un intento inocente pero temerario, producto de la buena voluntad de mis deseos.

Conociendo a fondo las consecuencias de quienes, de una u otra forma, enfrentaban las normas pre-establecidas de una sociedad rígida, vigilante de sus valores y celosa de sus costumbres, me animé a contar los detalles del avistamiento. 

Que gran error fue cruzar los caminos de la religión y la ciencia sin otra compañía que los ojos de la inocencia.

Los terribles mecanismos encaminados a defender los principios hilados en las profundidades de la mente de los oyentes comenzaron a funcionar casi automáticamente, volcando sus energías contra algo, que a mi modo de ver, pertenecía al campo de las impredecibles experiencias cotidianas. 

Si narré los sucesos del Irazú lo hice con el ánimo de informar, y no con el propósito de dar explicaciones. 

Para mi desventura, el público nunca se detuvo a pensar en mis propósitos, y como vulgar hereje, la mayoría interpuso sus voces
para callarme. 

Una ola de risas y de expresiones malintencionadas hirió lo más recóndito de mis sentimientos, obligándome a retirarme, sin tener oportunidad de una justa defensa.

Ese fue el precio de mi osadía. 

Aunque algunas inteligencias se abstuvieron de comentar en voz alta sus opiniones, a mis oídos llegaron comentarios discretos de aceptación relativa. 

Bueno, no estuve completamente abandonado a mi suerte, pero la experiencia sirvió para actuar con prudencia en mis siguientes incursiones por el mundo de lo desconcertante.

La persistente actitud de mis compañeros de trabajo, empecinados en demostrar lo tontas que resultaban mis historias, fueron haciendo mella en mi ya escasa voluntad investigativa, y todo hubiera muerto definitivamente si no hubiera sido por algo que ocurrió dos meses después del avistamiento en el Irazú.

Una noche, regresé a mi casa en San Juan de Tibas, a pocos metros de la escuela “Miguel Obregón” donde realicé los estudios primarios.

Bastante agotado, no tardé en entumirme en un profundo sueño. 

A la una de la madrugada, un violento sonido retumbo en mi cabeza. 

Desperté sobresaltado, y con miedo indescriptible, me armé de valor para indagar el origen del mismo. 

Era un enjambre de abejas luchando encarnizadamente dentro de mi cerebro!. 

A pesar de los intentos por disminuir sus efectos, cubriéndome los oídos con las manos, la intensidad no disminuyó un instante.

Al ordenar mis pensamientos, recordé por un momento, que antes, solo una vez, había escuchado ese ensordecedor zumbido: cuando estuvimos en el Irazú, frente a los aparatos volantes.

Recorrí el lugar con la mirada. 

Mi esposa dormía, y no se dio por enterada del asunto. 

Rápido me puse de pie, y tomando un viejo palo de escoba (temiendo alguna desgracia) camine por la casa.

En sus habitaciones mis hijos descansaban plácidamente, ajenos a cuanto estaba sucediendo. 

Visiblemente afectado por terribles presentimientos, sin saber que hacer, regrese a mi alcoba, y al intentar abrir la ventana, los zumbidos cesaron por completo. 

Un sudor frió resbalo por mi espalda, acompañado de leves temblores por todo el cuerpo. 

Al fin la calma había retornado.

En la mañana, tomando café con mi esposa, intenté preguntarle discretamente sobre lo acontecido la noche anterior. 

No me atreví a hacerlo directamente.

Sin embargo, ella, al instante, dedujo hacia donde me dirigía, y con cierta violencia cortó de raíz la charla.

-Los ovnis te tienen psicosiado-, dijo.

Qué podía responderle, tampoco yo conocía la respuesta. 

Cuánto quise, en ese momento, que ella entendiera la inexplicable secuencia de hechos promovidos por ese "algo" desconocido e impenetrable, a mi limitada inteligencia!

Claro está que, fuera lo que fuera ese "algo", continuó manifestándose abiertamente, aportando dosis calculadas de enigmáticos acertijos, dirigidos a confundirme cada vez más.

En la madrugada de ese mismo día, ya olvidados en parte los temores, un fuerte remesón interrumpió mis sueños.

Beatriz, visiblemente perturbada, trató de llamar mi atención hacia un extraño ruido que sacudía la casa sin contemplaciones. 

Al despertar, su pánico contribuyó a formarme un terrible nudo en la garganta.

La sorpresa me dejó frió.

Como en la noche anterior, tomé una escoba vieja, y aun en interiores, por el calor que hacia en aquellos días, me aventuré, intentando desentrañar la fuente de aquello, que hacia estremece la casa. 

Los niños dormían, y solamente tres seres estábamos conscientes en ese momento: mi esposa, quien al borde de una incontrolable
crisis nerviosa me seguía de cerca, sin apartarse un segundo; el gato, con su hermosa pelambre esponjada, maullaba, apoyándose en mis piernas, y a cada instante dirigía su mirada hacia mis ojos, en una intento por comunicar el miedo reinante; el tercero era yo, impotente ante esa situación, también a un paso de la histeria.

Llegué al cuarto de baño. Todo vibraba.

Los vidrios se sacudían sin misericordia, parecían quererse salir de sus marcos, para caer al vació, y quebrarse en mil pedazos. 

Las paredes bailaban al compás de la música.

Estábamos poseídos por ese caos. 

Nuestros oídos nos dolían hasta la desesperación. 

Corrí a la puerta, muerto de miedo, y al abrirla, desaparecieron los ruidos. 

Todo quedo en calma. 

Había pasado un minuto, a lo sumo dos.

Cuando los hechos han sido extremadamente impactantes, entonces, es posible acudir a las comparaciones.

Por eso, pude apreciar, que ese horroroso zumbido, había sido más agudo y más fuerte que el anterior.

Salí al jardín a mirar el hermoso cielo estrellado. 

Busqué en los rincones del oscuro horizonte en un esfuerzo por distinguir algo, y no había nada. 

Un viento suave, silencioso, golpeó mi rostro. 

Terriblemente avergonzado observé mi cuerpo, mis manos, la escoba...

Hasta dónde habían llegado las cosas!

En ropa interior, el miedo me había impulsado a perseguir la causa de los ruidos y las vibraciones, en el afán de encontrar una protección ante semejante suceso. 

Desde luego, mis acciones fueron automáticas, inconscientes de defensa.

Regresé a la casa para intentar serenar a mi esposa. 

Permanecía con la mirada perdida, temblando nerviosamente. 

No pude seguir durmiendo en ese raro amanecer. 

Recordé que al despertarme ella había dicho:

-¡Enrique, Enrique, están aquí!-

Como si nada hubiera pasado, la vida continúo, y los días transcurrieron sin novedad. 

Nunca recibí una respuesta, nadie la conocía, y jamás pude olvidarme del pánico experimentado, en aquellos amaneceres de terror en Costa Rica.

Un buen día visité a un amigo, antiguo compañero de colegio, a quien suelo catalogar como uno de los compañeros de estudio mas inteligentes que he conocido. 

A Julio Acosta Jiménez le conté toda la historia.

Con su acostumbrada y reflexiva actitud, atento escuchó, sin perder detalle de los acontecimientos, y luego de discutir unos segundos dijo:

-Te están siguiendo, no hay duda.-

Julio es hoy el jefe de Casillas del Correo Nacional de Costa Rica, y fue él quien primero planteó alguna desconocida pero intrínseca relación, entre los platillos voladores y yo. 

Desde luego, esto me causó sorpresa, pues nunca esperé una respuesta de esas proporciones, pero obró como un sedante, y con excelentes resultados. 

Aquel amigo se convertiría en mi tan buscado refugio de inquietudes, conforme descubríamos porqué no hemos tenido el criterio suficiente para desentrañar sus misterios.

Muchas personas han corrido la suerte de sufrir experiencias desconcertantes, pero la descoordinada y despreocupada posición de los medios de comunicación, frustran cualquier intento por aclararlas.

Una tarde, Julio y yo, tomamos un taxi. 

Por casualidad el tema de conversación se orientó de pronto hacia los objetos voladores.

Concertados en la discusión, olvidamos tomar en cuenta la curiosa mirada del conductor, a través del espejo retrovisor. 

Atento a nuestras palabras, se decidió a interrumpir la charla, diciendo en tono grueso y confiado, que él estaba construyendo un “platillo volador”. 

Según pudimos deducir más adelante, parecía hacerle falta un motor de motocicleta, para ver volar su ingenio por los cielos.

Una profunda sonrisa afloró en nuestros labios, sin poder reprimirla. 

En mucho tiempo no volvimos a oír algo mas descabellado. 

Sin embargo, nos entrego una tarjeta con sus señas particulares, haciéndonos una cordial invitación a su casa. 

Nunca lo hice, y no recuerdo por qué.

Lo más seguro es que su ingenio nunca voló.

Esas esporádicas conversaciones confirmaron la visible preocupación, y el interés de las personas por saber a ciencia cierta en que consistían todo ese cúmulo de acontecimientos y experiencias sucedidas, aún sin número de gentes, y que nunca recibían una adecuada repuesta. 

Éste fue uno de los motivos mas importantes que nos llevaron a formar un grupo de estudio, encargado de reunir y meditar las informaciones existentes y relacionadas con los objetos voladores. 

Aquel grupo estuvo integrado por varios amigos (entre ellos Julio Acosta), el vendedor de la Universal Felipe Segura, un operario de mantenimiento de la Tropical Comisión Company, viejo conocido mió, y otras personas, cuyos nombre desaparecieron de mi memoria, unidos por el mismo interés.

Comenzamos recopilando todos los datos a nuestro alcance, por cierto, escasos, debido a la ausencia de fuentes apropiadas de consulta, pero que compensamos, enviando abundante correspondencia a prestigiosas organizaciones especializadas en el tema ovni. 

Dos de éstas instituciones, la APRO y la NICAP, respondieron nuestras cartas, asegurando que sus archivos contenían algo más de 20,000 casos investigados, de gentes involucradas en algún tipo de avistamiento. 

Ya era algo para empezar a reflexionar seriamente.

Comprendimos a conciencia la complejidad encerrada en estas investigaciones, y la dificultad de replantear correctamente las preguntas, para obtener las respuestas adecuadas. 

Debimos acudir a ciencias afines, en un intento por aclarar las teorías sobre la vida en el universo, y su enigmática consecuencia: El hombre. 

Y no era algo tan sencillo, como en un principio supusimos.

Reunidos en una vieja buhardilla, aislada del molesto ruido exterior, predisponíamos nuestros espíritus a plantear amenas charlas, que muchas veces se prologaron hasta altas horas de la noche. 

Desde luego, no tuvimos trascendencia alguna, pero si satisfacciones, que en parte calmaron nuestros voraces instintos por las cosas raras. 

Entre las muchas conclusiones, una llamó nuestra atención: la mayoría de los misterios lo son, por la mínima información que tiene el publico de sus correspondientes explicaciones, y que, unido a la fértil imaginación de las mentes no cultivadas, ajigantan las proporciones del mismo.

A eso se debía las desproporcionadas noticias aparecidas en los diarios de todo el mundo. 

Pero existía otro agravante: los millares de informes derivados de personas pertenecientes a distintos niveles sociales e intelectuales, referentes a apariciones de desconocidos objetos voladores, maniobrando en distintas formas, y que nunca recibieron adecuada atención, por parte de los expertos. 

El problema ha persistido desde entonces.

A pesar nuestro, algunos inconvenientes frustraron nuestro deseo de seguir reuniéndonos. 

La continua acumulación de interrogantes no resultas, la falta de nuevos elementos informativos, la rutina (precoz enemiga de espíritus no-científicos), y las diferentes ocupaciones que nos coparon gran parte del tiempo, nos obligaron a disolver el grupo.

Así terminó un esfuerzo honesto, ausente de portentosos descubrimientos, y estéril en conclusiones, pero satisfactorio para nuestras intenciones.

Desde luego, no hice de lado mi pasatiempo, pero tampoco le volví a poner mayor atención del que normalmente se le concede. 

Con el nacimiento de mi hija Asuramaya, nacida en San José, el 13 de Mayo de 1964. 

Debí dedicarle más tiempo a mi hogar, un poco abandonado, por mis prolongadas ausencias de tertulia nocturna, y a mi iglesia, a la cual quería con especial cariño.

En alguna oportunidad comenté los sucesos del Irazú a serios ministros mormones, buscando en parte otro tipo de respuestas. 

No sólo no las encontré, sino, que recibí una severa advertencia de mis superiores jerárquicos para guardar silencio. 

En mi nueva actitud pasiva, una filtración de un compañero elder
(anciano), estimuló mi curiosidad al decirme:

-Mi hermano es piloto de la Fuerza Aérea, y vio un "platillo volador", pero sus superiores le insinuaron “amablemente” que olvidase el asunto.-

Siempre estuve alerta de los continuos relatos que circulaban de vez en cuando. 

Oí uno de ellos al recibir el encargo de revisar el sistema telefónico de la Embajada de los Estados Unidos. 

Allí conocí un ex-soldado de la marina, antiguo combatiente de la guerra de Corea, quien me acompañó a inspeccionar la central telefónica de la sede diplomática. 

Manipulaba un selector cuando notó la similitud con algún objeto volador, visto en tiempos pasados, y aproveché la oportunidad para pedirle su opinión acerca de esos aparatos. 

Respondió que, siendo sargento del ejército norteamericano, le fue ordenado investigar un foco guerrillero localizado cerca de unos grandes arrozales en Corea. 

Iban ocho soldados más. 

Escucharon un ruido, y sigilosamente dividieron el contingente, con el fin de rodear el arrozal para sorprender al enemigo por ambos flancos.

Así lo hicieron. Al arrastrarse un poco más en el pantano, el ruido aumento. 

Entonces levantó la mirada, y para sorpresa de todos, se encontraron frente a un aparato de 4 metros de diámetro. 

A su alrededor se hallaban seres pequeños realizando labores variadas. 

Unos recogían agua, otro, apoyado en la estructura, aparentaba limpiarse las uñas. 

Caminaban como pingüinos, no superaban los 60 cms. La piel era púrpura, y su manos perfectas y no tenían cascos.

El sargento levantó el rifle, apunto a través de la mira telescópica, y observa los trajes negros de los diminutos astronautas. 

Algo lo contuvo a disparar. El que aparentaba limpiarse las uñas alertó a sus compañeros. 

Eran los soldados de la patrulla, listos a disparar por detrás. 

Los seis ocupantes, rápidos, gritando en un extraño idioma, subieron al aparato, y en un santiamén desaparecieron de su vista.

El sargento contó, como cosa de rutina los sucesos a sus superiores. 

Al poco tiempo fue dado de baja, le ordenaron callar, y lo incorporaron al servicio de guardia diplomática. 

Por eso estaba en Costa Rica.

Recién construida la represa de Río Macho, una gigantesca planta hidroeléctrica, fuimos en plan de revisar los equipos telefónicos de la misma.

Los guardias de la represa, apostados allí, comentaron los avistamientos de misteriosos objetos, volando a poca velocidad. 

No informaron oficialmente, puesto que a nadie le había interesado.

Mis labores de investigador se reducían a recopilar datos, un pasatiempo más, como coleccionar estampillas o mariposas. 

Siendo un tema muy limitado en Costa Rica, los días trascurrieron sin encontrar informaciones que aportaran nuevos elementos de juicio.

Con un talento, que nació de la noche a la mañana, me vi escribiendo poesías. 

Un deseo irrefrenable, cuyas raíces no pude comprender. 

Algunas de ellas fueron publicadas en periódicos tan prestigiosos como “La Nación”, o en el "Diario de Costa Rica". 

El director del SIP (Servicio Interamericano de Prensa), de aquel entonces, Ricardo Castro Beeche, refiriéndose a mi trabajo, dijo haber encontrado poesías del futuro.

Fue algo paradójico. De un momento a otro se me despertaron talentos desconocidos, a los cuales busque explicación, cuestionando con profundidad mi vida. 

No encontré nada especial. 

Mi infancia transcurrió felizmente. Tal vez pocos niños corrieron con la suerte de contar con unos padres como los míos.

Mi madre, colombiana, de Boyacá, gentil, de espíritu bondadoso, inteligente, colmó nuestras vidas con su ejemplo. 

Mientras vivimos en Costa Rica, demostró cualidades de escritora, bajo el seudónimo de “Esmeralda Colombiana”. 

Muy apreciada en los círculos intelectuales costarricenses, llegó a ocupar importantes cargos en la vida pública de ese país. 

La juventud la quería, los muchachos y los niños fueron sus amigos. 

Su concepto de la vida, notablemente adelantado para la época, hubiera hecho murmurar hoy a muchos con sus planteamientos.

Mi padre, un gran hombre. 

A pesar de los años difíciles, supo afrontar prudentemente los obstáculos que se le interpusieron.

Fue un hermoso matrimonio. 

Nunca les oí una queja, un roce de palabras, una ofensa. 

Se amaron y nos quisieron, con todas las fuerzas de sus inmensos corazones. 

En mi adolescencia, en 1944, en tiempos de la segunda guerra mundial, mis padres regresarían a su país de origen, Colombia, junto a mis hermanos, Leda y Roberto. 

Mi hermano Leonardo se quedaría viviendo en Costa Rica. 

Mis padres habían vivido durante 25 años en ese estupendo y maravilloso país: Costa Rica. 

Cuatro años más tarde, mi padre moriría en Bogotá, Colombia.

Mi padre murió, días antes que cobardes dispararan y cegaran la existencia de un gran hombre, al que el admiraba: Jorge Eliécer Gaitan. 

Ya no volvería a escuchar sus vibrantes voces: la del caudillo, y la de mi padre.

A mediados de 1964 se me presentaron algunas oportunidades de trabajo. Uno de ellos me tentaba, con un puesto excelente en Cali, Colombia. 

No lo pensé dos veces, y hacia esa ciudad me dirigí.



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